Esta semana ví un cortometraje que se llama Diez Minutos, por Alberto Ruiz Rojo. Se trata de un hombre, Enrique, cuya novia se lo dejó esa mañana, que llama a la empresa telefónica para averiguar a quien ella llamó antes de que se fue, porque se supone que se está quedando con esa persona. Así que llama la empresa, y contesta una mujer que le dice que no le puede dar esa tipa de información. Él sigue pidiendo en varias formas por el numero, y ella sigue como un robot, sin emoción, repitiendo que no le puede dar esa tipa de información. De repente, él consigue convencerla darle en numero por preguntarle si ¿empieza con un 1? —No—, ¿un 2? —No—, etc., hasta que llegue al numero correcto, cuando ella no dice nada. Pero una regla de la empresa es que las llamadas no pueden durar más que 10 minutos, o el computador se corta la llamada. Así que siguen preguntando y respondiendo así, hasta cuando falta el ultimo numero y se corta la llamada. Enrique empieza llamar a todos los números posibles hasta que se conecta con su novia. El cortometraje termina con él sonriendo, así que se supone que al final todo sale bien entre ellos.

Yo encuentro el cortometraje una buena historia porque tiene muchísima emoción, pero por una causa, como que hay bastante, pero no demasiado. Muchas veces las telenovelas usan mucha más énfasis que es necesario, tanto que no funciona, porque no tiene sentido por qué se usa tanto.

Al contrario que Enrique, nunca he sentido como el protagonista al hablar con un centro de atención al cliente, porque no los llamo mucho. Pero creo que si lo hiciera más, a veces me sentiría más como un protagonista porque pasaría toda la conversación hablando de mi, y nunca del operador, porque los operadores no pueden dar información personal de si mismo por el teléfono.